Un año con trece lunas
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Con esta pequeña introducción comienza la historia de un transexual llamado Elvira y sus últimos cinco días de vida en un año con trece lunas.
Se abre el telón y la primera escena abre las piernas para que veamos, como Elvira es sometida a humillación sexual a orillas del rio Main (Frankfurt) mientras suena la oportuna sinfonía nº5 de Gustav Malher, dándole aires que se entre mezclan entre lo barroco, la vulgaridad, lo sublime y el buen gusto, dentro de los marcos de la decadencia. En la mayoría de ocasiones, es en estos casos, cuando el mismo protagonista de la historia se conduce, aún sin saberlo, a esta clase de vejaciones que le degradan en todos los aspectos. Es una especie de masoquismo inconsciente, que nace de una fuerte necesidad de afecto, unida a la nula autoestima y una extrema sensibilidad y debilidad por afrontar las problemáticas que acontecen. La soledad siempre ha sido para los fuertes, pero es que la angustia de Elvira no se debía sólo a la soledad, era un cúmulo de sensaciones que se desataron cuando su amante la rechaza, es entonces cuando comienza a liberar sus demonios en un peregrinaje por su pasado, buscando de entre las personas que rodean su entorno, una razón para seguir viviendo, pero cuando se dá cuenta de que nadie salvo ella puede ayudarla, estalla como un nervio punzante, que nubla su sentido del rídiculo, cayendo en un grito de auxilio vacío, con las manos inquietas buscando donde no hay nada. Ella misma, en declive y arrodillada frente a la vida, se conducirá a su propia muerte.
Un año con trece lunas contiene escenas delirantes, de asaz intensidad dramaturga que no cae en la mediocridad del exceso gratuito. Tal es como una de las secuencias más impactantes de toda la película, cuando Elvira se encuentra con su amiga prostituta para enseñarle el matadero donde trabajaba antes de cambiar de sexo. La cámara nos va mostrando como los matarifes descuartizan a las reses a ras de jifero, mientras la voz de Elvira va tornándose en algo parecido a los chillidos de un cerdo. Tampoco resulta indiferente, la escena en la cual Elvira se encuentra repentinamente con un suicida que está a punto de ahorcarse, éste le dice que: El suicida ama la vida, pero las condiciones y trabas que ésta le impone continuamente hacen que desee librarse de ella mediante la muerte. Muchas de estas escenas constituyen claves metáforicas para dar a entender al espectador en qué estado se encuentra el universo interior del protagonista.
En definitiva, Fassbinder, en ésta, como en todas sus otras películas reflexiona sobre las condiciones humanas. Siendo ésta, con diferencia, la más intimista y personal de todas ellas. Considerada por los críticos más audaces como una de las grandes obras de toda su carrera, Un año con trece lunas se ha convertido en un grito a la comprensión, invitando a un abrir de ojos de la sensibilidad dormida y a la reflexión silenciosa, abriendo los horizontes de quién la ve.



